¿Quién sabe? Quizá la razón por la que no me gusta mucho
conducir sea que desde hace meses que solamente utilizo el coche para llevar a
Laura a algún sitio al que no pueda ir en metro, o para llevarte a ti a
trabajar cuándo te quedas dormido y necesitas desesperadamente llegar a tu hora
para que no te echen la bronca en el trabajo. ¿Quién sabe?
Y quizá cada vez que
te esté haciendo el favor de llevarte para evitarte una reprimenda, yo esté
sacrificándome porque no entra dentro de mis planes gastarme más dinero en
gasolina para que tú te quedes en la cama un ratito más. Quizá.
Así que tal vez, y digo sólo tal vez, podrías tener la
tremenda delicadeza de guardarte tus comentarios jocosos sobre mi manera
“inexperta” de conducir, o tus fanfarronerías sobre lo bien que lo haces tú
porque lo mismo te toca hacer el resto del camino en taxi. Y de paso podrías recordar que tengo todos
los permisos de conducir, y que lo mismo conduzco como conduzco por algún
motivo en particular.
Igual resulta que no soy tan tonto como debes creerte, y que
sé de sobra que desde que descubriste que te hago el favor de llevarte cada vez
que me lo pides, vas en coche el doble o el triple que antes al trabajo. Ya
sabes a qué me refiero: ese jefe cabrón que te pide que llegues antes, las sábanas
que se te pegan, la impropicia alineación de los astros, etc.
Les das la mano, y se cogen el brazo, la pierna, venden tus
higadillos en el mercado negro de órganos, y se hacen un tupé con tu lustrosa
melena.

