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domingo, 17 de mayo de 2015

¿Cómo que alguien se ha bebido mi última cerveza?
Siempre he dicho que el estado debería pagarme simplemente por estar vivo. En serio, creo que me lo merezco 'per se'. No hay más que verme: disfruto tanto de mi vida y me gusto tantísimo a mí mismo, que resulto envidiable a la par que un ejemplo a seguir. Y es una pena que siendo una persona dedicada a exprimir cada minuto de su vida tenga que malgastar el escaso tiempo que me proporciona mi envoltorio terrenal en tener que ir a trabajar.

Deberían darme una manutención, o algo. En mi cabeza lo veo como lo contrario a una pensión de minusvalía: un premio por existir. Suena bien, ¿no? El caso es que a falta de escribir al presidente del Gobierno y plantearle el asunto, tengo que madrugar como todo hijo de vecino, y claro, alguien como yo ni siquiera tiene la capacidad de permitir que algo tan mundano como ganarse un salario se convierta en un obstáculo a la hora de disfrutar de la vida.

Pues bien, por aquello de poder disfrutar de mi tiempo libre al máximo procuro aprovechar esos ratillos ociosos que todos tenemos en el curro para hacer las tareas pendientes que de otro modo tendría que hacer al terminar de trabajar. Y por aquello de que tengo más rostro que espalda procuro alargar esos ratillos ociosos bastante más de lo necesario, pero ese es otro asunto.

Una de esas cosas que hago en el trabajo es cortarme el pelo: todos habéis visto a la Teniente O'Neill (y otros muchos ejemplos) rapándose la cabeza a sí misma como muestra de su fortaleza e independencia. Yo también lo hago, pero por ahorrarme unos euros en la peluquería. Cada cual tiene sus motivos. Naturalmente, me corto el pelo y disfruto de ello. Ya os lo he dicho: es algo inherente en mi.

Y es que, no me limito a pasarme la maquinilla, no. Lo que yo hago roza lo artístico: crestas, letras, estrellas y demás chorradas que se os ocurran son dibujadas con esmero en el lienzo que supone mi cabeza con pelo mientras me rapo. Y hago fotos, claro: así disfruto yo y disfrutan otros. Al terminar mi obra (y tras fotografiarla como Diox manda) me rapo al 0, que es mi estado natural. 

Total, que el otro día me hice el peinado que podéis admirar ver en la imagen que encabeza el post. Sabéis que soy contrario a poner fotos mías en ninguna parte (de hecho, esta es la primera que cuelgo en 8 años de blog) sin embargo esta foto se ha convertido en LA FOTO. En mayúsculas, así de importante es.

Retrocedamos unos párrafos para llamar la atención sobre una detalle sin importancia: en el trabajo, durante el horario laboral mis compañeros ven que entro al baño y salgo con la cabeza recién rapada. Al principio nadie comentaba nada, pero claro al final alguien tuvo que señalarme con discreción que no recordaba que llevase el pelo tan corto esa mañana al empezar a trabajar. Rápidamente y sin dilación tuve que confirmarle que en efecto, cuando entré a trabajar tenía el pelo más largo, no fuese el pobre a ir al psicólogo o al oculista por mi culpa. 

Es lo que tiene ser el raro de la empresa: nadie me dice nada. Campo por allí a mis anchas haciendo y deshaciendo lo que me da la gana y saliéndome con la mía siempre. Como quizá hayáis podido suponer, algún imbécil compañero de trabajo se pudo haber molestado al ver que aparente a mi me pagan por trabajar menos que él y dedicarme a cortar el pelo mientras me están pagando por trabajar. 

Esto fue atajado rápidamente por un "el jefe lo sabe y dice que no le importa mientras deje el baño limpio al terminar", cosa que hago. Lo que no era tan cierto (en aquel momento) es que el jefe lo supiera, pero nadie se molestó en ir a chivarse. Una de las cosas buenas que tiene ser el raro de la empresa es que no sabes si sólo se dedica a cortarse el pelo en el baño, o si también se dedica a afilar cuchillos cuando nadie le mira.

Volvemos a la historia. Total, que salgo del baño con la cabeza rapada (unos 20 minutos, lavado de cabeza posterior incluido) y le enseño la foto a un amigo del curro mientras le digo que 2 minutos antes estaba así. Enorme es mi sorpresa cuando empieza a explicarme todo exaltado lo bien que me queda, lo mucho que le mola y que por favor la próxima vez me lo deje así. Lloró, me besó y me mordió de alegría: creí que se corría.

Me pongo la foto de perfil de guasap. 1 hora después cinco personas con las que no me hablo mucho han iniciado conversación conmigo para decirme lo mucho que les mola mi nuevo look. Stalkers, stalkers del guasap everywhere. La foto es subida a Facebook volviéndose viral. 20 likes en unos minutos. Beckham me agrega al caralibro y me pide que le haga ese corte de pelo. Calvin Klein me ofrece millones por convertirme en su nuevo modelo de ropa interior. Mariano Rajoy me suplica a la desesperada que me convierta en la nueva imagen de su partido para la semana que viene. Prada me ofrece un desfile de modelos en Milán conmigo como cabeza de pasarela. 

Puede que algunas cosas no sean del todo precisas (en el sentido literal de la palabra) ni del todo ciertas (según los más extremistas filólogos) pero sí que es verdad que la foto causó revuelo entre mis amigos y familiares. Total, que me he comprometido a dejármelo así la próxima vez que me corte el pelo. Ya veremos qué opinan mis compañeros del trabajo cuando me van salir así del baño la semana que viene, pero lo que realmente me importa es: ¿qué os parece a vosotros? 

Por si os lo estáis preguntando: mi jefe ya sabe que me corto el pelo en el curro y no le importa. Un día entró en el baño y me encontró sin camiseta y con la cabeza al medio rapar, estaba claro que eso tenía que suceder tarde o temprano. Todo lo que me dijo fue: ¿De verdad te cortas el pelo tú solito? Joder, pues tiene mérito. 

Más: anteriormente en Lafabulosagallinadegoma, Alucinaciones paranoides (7)

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martes, 15 de abril de 2014



Me encanta cenar un par de huevos fritos con patatas. La sola imagen de una patata frita rompiendo la yema naranja y empapándose del néctar de los Dioses que de ella sale me produce una salivación extrema, algo así como un Bull Dog. Bueno, no tanto, pero ya me entendéis.

Total que ahí estaba yo, friéndome el segundo huevo y controlando las patatas cuando oigo un zumbido en el comedor. “Ya me están llamando”- pienso muy acertadamente. Pero me da igual. Estoy cocinando, y me da igual quien me llame. No puede ser tan urgente como para dejar la cena a medio hacer.

Preparado el mantel, el vaso de vino tinto reglamentario, los huevos fritos, las patatas doradas y crujientes y un chusco de pan que descansa sobre una servilleta de papel, me dispongo a cenar. Y en ese mismo instante, otra vez el zumbido. Sé que me están llamado, porque siempre tengo el teléfono en silencio, y el ruido que produce la vibración de una llamada es diferente al de un mensaje. Y lo cojo, por si acaso.

Y es mi jefe. A las 9 de la noche. ¿Y sabéis ese día libre que yo me había cogido al día siguiente? Bueno, pues se ha transformado en un emocionante viaje como chófer de autobús a Córdoba, con madrugón a las 5 de la mañana. Y todo lo que se me pasa por la cabeza es –“Ya me han amargado los huevos, estos hijoputas”.

Por eso, cuando a las 5 menos cuarto de la madrugada yo tenía que estar esperando a los pasajeros, en realidad estaba rompiendo con un bate de béisbol los espejos retrovisores de mi autobús. Como un puto vándalo enfurecido. -¿Jefe? Si mire, no puedo empezar el viaje. Resulta que me han roto los espejos. Si. Menuda tragedia


O al menos eso es lo que deseaba haber hecho con todas mis fuerzas mientras conducía el bus por la A-4, camino hacia el sur. Como me gustaría -pienso entonces- no tener nada que perder. Se iban a cagar. 

sábado, 19 de octubre de 2013



Todos tenemos problemas con los jefes. Es algo inevitable, ¿no? Siempre surgen pequeños conflictos derivados de cosas tan inalterables como falta de iniciativa (o demasiada), distintos criterios a la hora de hacer el trabajo, o que es un gilipollas de talla máxima. Ya sabéis, pequeños detalles.

Pues bien lo que me sucede a mí es, para explicarlo de algún modo, una falta total de empatía por mi parte hacia él: no soy jamás capaz de saber si está alegre, si está enfadado, si me está abroncando o si intenta bromear conmigo. Parece menos terrible de lo que es, pero vamos allá con una explicación sencilla.

-Mañana tienes que pasar el día con el autobús llevando a unos ciclistas, desde las 7 hasta las 16. Ahí tienes la ruta y la documentación. ¿Todo claro?

-Sí. ¿Podría usted encargar una bolsa de comida para mí y para mi compañera, ya que vamos a para todo el día fuera? (esto nos corresponde, no es una locura mía del momento)

-No.

-Pues vale.

Así que, como siempre hago lo que me da la gana, llamo yo mismo a cocina y encargo las dichosas bolsas de comida. Un lujo de bolsas, por cierto. Delicatesen provenientes de los países más exóticos y con más tradición culinaria. O sea, bocata chorizo, una manzana y un bizcochito

Total, que estando ya de servicio con los ciclistas, me llaman para informarme de que el viernes, un día  que yo había pedido libre, tengo que trabajar. Y un servicio de mierda, para más inri. 

Y cuándo llego con el autobús al curro, me cruzo con mi jefe que se me acerca, me saluda, y muy sonriente me dice:

-¿Qué tal el servicio? 

-Largo, pero muy bien.

Y mientras se va me dice desde la lejanía…

-¿Y qué tal estaba el bocata?

A ver, en serio. Analicémoslo: ¿Es ironía? Lo cual quizá demostraría que lo del viernes fue un castigo. ¿Es una broma para hacerme saber que él siempre se entera de todo? ¿Está alegre simplemente? ¿Le hace gracia que yo tenga mis propias iniciativas? ¿Le molesta que haya pedido un roñoso bocadillo que me correspondía? ¿Me odia porque cree que soy un listillo? 

¡Yo no puedo con esta angustia!

https://www.facebook.com/ElSiamesOcioso

jueves, 22 de octubre de 2009

Normalmente soy una persona muy sociable. Caigo bien a prácticamente todo el mundo, y creo que eso se debe a que se adaptarme a ellos y a que procuro hacer que la gente se sienta cómoda. En su momento, alguien consideró que eso solo podía significar que yo soy un falso. Esa debe ser una de las personas a las que no caigo bien, pues no he vuelto a dirigirle la palabra.

Y ayer me sentía social. Me encontraba charlando en un corrillo con mis compañeros de trabajo y hablábamos sobre un problema concreto que tengo con un jefe. Y ese pelele de jefe que se siente tan superior a nosotros como para no dirigirnos la palabra salvo para regañarnos, y que nunca jamás baja de su despacho, como no podía ser de otra forma, apareció ante nosotros.

Se acercó y pasó a nuestro lado, y mientras todos se volvían para saludarle, ante la atónita mirada de mis compañeros yo me volví lo mas enérgicamente que pude, y con el odio mas sincero, le clavé una navaja en el cuello, lo más profundo que fui capaz. En su cara solo podía verse dibujados unos ojos abiertos de par en par que reflejaban sorpresa e incredulidad. No pensé jamás que te atreverías a llegar tan lejos, me decían.

Alzó la vista cuando se encontraba cerca de nosotros, y entonces mis ojos y los suyos se encontraron durante una fracción de segundo. Entonces, premeditadamente, cambió de rumbo para no tener que cruzarse conmigo. Lo supe en cuanto vi sus ojos. Y entonces un compañero que se había dado cuenta del asunto, soltó una carcajada, y continuamos hablando tranquilamente y bromeando sobre nuestro jefe y su falta de agallas.