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domingo, 5 de julio de 2015

Dicen que el que algo le quiere, algo le cuesta. Yo, por ejemplo, quiero que me toquen los euromillones: joder, ¡qué bien me vendrían 80 milloncetes! Pero como no me gasto ni el eurillo que cuesta jugarlo pues no me va a tocar, eso es seguro. Otra cosa que también quiero es aprender más sobre la edición de vídeo, ya conocéis esa faceta mía. 

Y el caso es que si bien soy un reconocido caballero de la orden del puño cerrado para los juegos de azar, resulta que estoy bien dispuesto a gastarme más de lo que gano en un mes trabajando en un cursillo intensivo de postproducción profesional de vídeo. Y joder, dinero a parte, me está costando la salud. Y supongo que algo del poco pelo que me queda, pero vaya, eso tampoco es un problema. 

¿Cuántos de vosotros habéis tenido que madrugar para ir a trabajar y no habéis llegado a casa hasta la hora de la cena? Ya conocéis la historia: todo el día fuera, comiendo fruta y bocadillos y con prisas para ir del curro a clase, y manteniéndoos despiertos y atentos a base de café y toros rojos. A los que habéis pasado por eso os quiero decir una cosa: vosotros sois los verdaderos héroes, y no esos mierdecillas de los Vengadores. 

Llevo sólo una semana así y estoy que ya no puedo más. Que no puedo more, que dirían los guiris.  A mi nada me importa lo suficiente como para luchar por ello más de media hora seguida, así que estar realizando este cursillo a la vez que trabajo casi me parece que va en contra de mi ética y de mis valores morales. Y además he sido tan ambicioso que me he propuesto hacer deporte antes de ir a trabajar todos los días: me estoy levantando a las 5.40, llamadme loco.

Y no olvidemos que al hambre, las prisas y el estrés hay que sumarle mis desgracias personales: el viernes me dejaron salir antes del curro para que fuera sin prisas a clase y decidí darme un homenaje comiendo bien por una vez en toda la semana, así que me metí en un antro japonés que no tenía mala pinta cerca de Moncloa. Total, que quise probar un plato nuevo (ya sabéis que soy un aventurero de la vida) y lo elegí a dedo mirando fotos de la carta. Quiero esto, le dije a la camarera. 

¿Y sabéis que me pusieron? Un bol enorme, humeante, y lleno hasta los topes de sopa. Joder, 40 grados en la calle y yo comiendo sopa gelatinosa con arroz y verduras. Madre mía, si es que tengo mala suerte hasta para eso: yo creí que estaba pidiendo una especie de plato de arroz con pollo y verduras. 

Total: que si veis que estos días comento poco en vuestros blogs y publico menos en el mío, ya sabéis que es porque tengo comprometido hasta el tiempo para ir al baño. Cuando termine, más vale que me contrate el Spielberg ese. ¿Alguno de vosotros ha tenido que pasar por algo así? ¿Os resultó tan duro como al nene? 

Más: anteriormente en Lafabulosagallinadegoma, Star Wars Medley

lunes, 26 de enero de 2015



¿Os acordáis de ese chaval con el que quizá compartisteis curso a los 15 años? Si hombre, ese que en septiembre se sentó en el fondo del aula, que en enero y tras una meticulosa reorganización de los asientos de la clase el profesor colocó en primera fila, y que en abril el tutor volvió a colocar en última fila porque ya había podido comprobar comprobar que la cercanía a la pizarra y el nivel de atención prestada no siempre es una relación directamente proporcional.

Creo que ya sabéis quien digo, no era el chico más popular de la clase pero no caía mal a nadie. Parecía un poco pringadillo pero los abusones le tenían cierto respeto por alguna razón que nadie sabía explicar. No prestaba ninguna atención a los profesores, suspendía 7 y luego en la recuperación de septiembre sacaba esas 7 asignaturas con notable y terminaba el año escolar con mejor nota media que tú, que no habías suspendido una en todo el curso.

 ¿Ya os habéis acordado de él? Bueno, pues entonces sabréis exactamente el tipo de alumno que fui yo en mi adolescencia. Y ahora me tenéis localizado puedo decir lo siguiente: a pesar de que nunca fui particularmente molesto en clase, por alguna razón los profesores me adoraban o me odiaban, no tenían término medio. Salvo en una ocasión: mi profesor de filosofía.

Aquello sí que era la imparcialidad hecha carne. Enemigo de nadie y únicamente amigo de sí mismo, acudía al aula con puntualidad, daba unas lecciones aburridísimas pero que destilaban cultura, conocimiento y sabiduría por los cuatro costados, y luego se marchaba mostrando la misma total falta de empatía con los alumnos que cuando entró por la puerta. 

Pongámonos en contexto: un intercambio de clases, justo antes de que Don Filosofía entrase por la puerta, y yo me encontraba vociferando mi archiconocido grito de guerra destinado a ese glorioso momento en el que estoy a punto de empezar a hacer el gamberro. En ese preciso instante se hizo en el aula un silencio sepulcral que solo podía significar una cosa: Don Filosofía se encontraba, en efecto, echándome el aliento en la nuca.

-Salga a la pizarra- me dijo mientras dejaba su maletín en la mesa con toda parsimonia y comenzaba a sacar sus apuntes que, recuerdo perfectamente, aquel día eran de Nietzsche.

Obedecí sin rechistar.

-Muy bien. Ahora defina ante la clase esa sentencia que dijo  cuando entré por la puerta, si es tan amable.- “Tan amable” en aquel momento se habría podido sustituir por “lo vas a hacer por mis cojones”, se le notaba en la mirada. 

-¿Pe… Perdone?- pregunté yo aterrorizado.

-Le he pedido que defina “A la horca todos los que no son yo”, si mal no recuerdo.- Y lo creáis o no, 12 años después de esto, no tengo ningún recuerdo de lo que dije o de lo que pasó a continuación. Lo he olvidado por completo.

Recuerdo muy bien la situación, lo humillado y lo imbécil que me sentí. Pero no recuerdo que dije ni como resolví aquello. Supongo que la clase se reiría un poco de mí, yo daría algunas explicaciones vanas, y después Don Filosofía me mandaría bien abochornado a mi asiento con la total certeza de tener que preocuparse por un alumno menos durante aquella clase. 

Y es que, queridos lectores, NADIE piensa en serio algo como “A la horca todos los que no son yo”. Y menos a los 15 años, cuando las hormonas las teníamos todas más agitadas que una botella de Coca Cola con Mentos, y cualquier persona en su sano juicio tenía bien claro a qué ejemplar del sexo opuesto se llevaría a una isla muy desierta. Durante una larga temporada. Sin interrupciones. Con una mochila bien llena de… bocadillos. Para sobrevivir, digo.




Más: Anteriormente en Lafabulosagallinadegoma, Una inteligencia superior



lunes, 23 de julio de 2012


Se llamaba Jesús Sanz Sanz, y yo ya lo admiraba incluso antes de darme cuenta. El día que lo conocí, la primera vez que lo vi sentado en mi clase, me sentí realmente intimidado y temeroso. Me acaba de dar cuenta de que por primera vez en mi vida había conocido a un tipo duro de verdad, y no a un malotillo de esos que forman cuadrillas en el colegio.

Jesús se sentaba al fondo de la clase, en la última mesa. Más atrás incluso que los chungos de clase, que no se atrevían a moverle de allí. Cejijunto, bajito, que repetía curso por 3 vez, y que estaba demasiado fornido para una persona de su edad, miraba distraído en las clases, como si nada de lo que allí se cociera fuera con él.  Solía llegar a clase los lunes con un ojo morado, un labio partido, o una ceja rota. Pero siempre que traía alguna herida en la cara, también llevaba las manos llenas de cortes y de rajas. “Lo de dar un golpe en la cara a alguien no es como en las películas, ¿sabes? Se te clavan los dientes y duelen una barbaridad”- me dijo una vez. Si no te fijabas bien, daba la impresión de ser un tipo retaco y algo gordito, pero una segunda inspección más detallada te hacía fijarte en esos brazos como cañerías, que tenían pinta de soltar puñetazos como torpedos. Había hablado con él alguna vez y ya me llevaba bien  cuando ocurrió aquello.

Sucedió una mañana de marzo, o tal vez de abril. Uno de los malotes de la clase se metía con una de sus habituales víctimas, un tipo bajito, gordito y tímido al que sólo parecía interesarle el baloncesto (tendríais que verlo ahora: alto, fuerte, y con 2 carreras, no os podéis imaginar lo mucho que cambió en cuanto dejaron de molestarle los chungos de mi colegio) cuando Jesús decidió terminar con aquello.

-Déjalo en paz de una vez, tío.

-¡Cállate! ¡Tú a mí no me das ordenes!- respondió el confiado abusón, que era mucho más alto.

Y entonces, como una fiera agazapada que lleva mucho tiempo acechando a su presa y estaba furiosa de tanto esperar, Jesús se levantó y le pegó un empujón que lo hizo retroceder varios metros, tirando sillas y mesas. Antes de que pudiera reaccionar, ya lo tenía agarrado del pecho con una mano y le obligaba a mirarle a los ojos encorvado, mientras la otra mano estaba más atrás, tensa como un resorte, esperando para lanzar un directo que habría tumbado a un elefante.

-¡¡MIRA PAYASO, A MÍ NO ME MANDA CALLAR NI MI MADRE!! ¿¿TE ENTERAS?? ¡¡CONMIGO QUITATE ESA ACTITUD DE CHULITO, QUE A LOS IMBÉCILES COMO TÚ ME LOS DESAYUNO TODOS LOS DÍAS DE 3 EN 3!!

El malotillo, herido en su orgullo delante de todo su público, hizo un vago ademán de defenderse de la humillación que acababa de sufrir, pero fue en vano.

-¡¡COMO TERMINES DE LEVANTARME LA MANO TE LA ARRANCO Y TE LA HAGO COMER, SUBNORMAL!!- Todavía le agarraba de la camiseta y le obligaba a retroceder, aterrado. 

En ese momento un amigo mío quiso interceder por el malotillo y terminar con lo que parecía que iba a ser la mayor humillación pública del chungo y su pandilla que, acojonados al fondo de la clase, no tenían huevos de ir a ayudar a su colega. Jesús, enajenado, le empujó con un movimiento seco de su brazo y salió despedido 3 o 4 metros más allá.

-¡¡DIME SI TE HA QUEDADO BIEN CLARO, O TE JURO POR DIOS QUE TE DOY UNA PALIZA AQUÍ MISMO!!- La derrota del malote ya era total, tanto que intentaba por todos los medios disculparse y que no se le terminaran de salir las lágrimas.

Unos minutos después, Jesús fue a disculparse con mi amigo, que se sujetaba la tripa.

-Oye tío, perdóname. De verdad que no quería hacerte daño, estaba rabioso, y te metiste en medio, y te empujé sin querer….

-¿Estás de broma?- dijo levantándose la camiseta y exhibiendo un moratón que ocupaba casi todo el abdomen. -¡Ha merecido la pena sólo por ver cómo le parabas los pies a ese orangután!

A partir de ese día, Jesús y yo nos llevamos mucho mejor. Yo hacía todo lo posible por integrarle en mi grupo de amigos del colegio, y no dejaba pasar la oportunidad de saludarle si le veía por la calle, y él hacía lo imposible por invitarme (a veces lo lograba) a un cubata. Y nunca paró de repetirme que si alguna vez le necesitaba para una pelea, que no dejara de avisarle.


Jesús Sanz Sanz se mató ese mismo verano en un accidente de tráfico, de la manera más estúpida que se me ocurre. Atrevido, osado, desafiante y bravucón, de todos los implicados era el único que no llevaba puesto el cinturón de seguridad, y fue el único que no lo contó.

La noticia me sentó como un mazazo, y al principio no me lo quería creer. Jesús, mi Goliat particular, el gigante de los brazos enormes, el titán indestructible, muerto. Y todo por no llevar el puto cinturón de los cojones. Hay días en los que aún me acuerdo de él, y aunque jamás le dije lo mucho que le apreciaba, estoy seguro de que él lo sabía. Nunca podré olvidarme de él, ni de las muchas historias que compartimos juntos, como aquel día que me robaron y él se pasó conmigo media tarde dando vueltas por la zona, buscando con los ojos llameantes a 3 tipos que me habían puesto una navaja en el cuello.

lunes, 31 de agosto de 2009

El otro día recordé la anécodata con la que mi profesor de filosofía logró ganarse mi respeto y admiración, si bien no consiguió que me interesase su asignatura. Pero bueno eso es otra historia y será contada en otra ocasión.

El caso es que en medio de clase, siempre le gustaba (y nosotros los agradecíamos, pues sus clases eran espesas y aburridas) ponerse a divagar y hablarnos de cosas que no tenían nada que ver con la materia. Y aquel día recordó un estudio que había leido en nosedonde, en el que se demostraba que cuanto mas inteligente era una persona, mas perfectas eran las circunferencías que podía dibujar.

Como no, los malotillos, payasos, y demás escoria de la clase profirieron en risotadas y burlas, interrumpiéndole. No podían imaginarse que estaban firmando su sentencia de muerte cerebral.

Mi profesor de filosofía reaccionó de la siguiente manera: les hizo salir a la pizarra a cuatro o cinco de ellos, para que dibujaran una circunferencia en encerado. El resultado fueron cuatro o cinco pateticos huevos de pato, siendo esta la crítica mas suave que se les puede hacer.

Tras ello, les mandó que se sentaran, borró la pizarra, y acto seguido dibujó una circunferencia tan enorme y tan perfecta, que nadie volvió a interrumpirle ese día en clase. Yo aún me rio cuando recuerdo como mirabamos a los cuatro o cinco campeones que había elegido para sacar a la pizarra.

Ya se que no significa nada, pero me apetece mencionar que mi profesor de filosofía tiene cuatro carreras: Filosofía, Latín, Griego, e Historia.