Dicen que el que algo le quiere, algo le cuesta. Yo, por
ejemplo, quiero que me toquen los euromillones: joder, ¡qué bien me vendrían 80
milloncetes! Pero como no me gasto ni el eurillo que cuesta jugarlo pues no me
va a tocar, eso es seguro. Otra cosa que también quiero es aprender más sobre
la edición de vídeo, ya conocéis esa faceta mía.
Y el caso es que si bien soy un reconocido caballero de la orden
del puño cerrado para los juegos de azar, resulta que estoy bien dispuesto a
gastarme más de lo que gano en un mes trabajando en un cursillo intensivo de
postproducción profesional de vídeo. Y joder, dinero a parte, me está costando
la salud. Y supongo que algo del poco pelo que me queda, pero vaya, eso tampoco
es un problema.
¿Cuántos de vosotros habéis tenido que madrugar para ir a
trabajar y no habéis llegado a casa hasta la hora de la cena? Ya conocéis la
historia: todo el día fuera, comiendo fruta y bocadillos y con prisas para ir
del curro a clase, y manteniéndoos despiertos y atentos a base de café y toros
rojos. A los que habéis pasado por eso os quiero decir una cosa: vosotros sois
los verdaderos héroes, y no esos mierdecillas de los Vengadores.
Llevo sólo una semana así y estoy que ya no puedo más. Que
no puedo more, que dirían los guiris. A mi nada me importa lo suficiente como para luchar por ello más de media hora seguida, así que estar realizando este cursillo a la vez que trabajo casi me
parece que va en contra de mi ética y de mis valores morales. Y además he sido
tan ambicioso que me he propuesto hacer deporte antes de ir a trabajar todos
los días: me estoy levantando a las 5.40, llamadme loco.
Y no olvidemos que al hambre, las prisas y el estrés hay que
sumarle mis desgracias personales: el viernes me dejaron salir antes del curro
para que fuera sin prisas a clase y decidí darme un homenaje comiendo bien por
una vez en toda la semana, así que me metí en un antro japonés que no tenía
mala pinta cerca de Moncloa. Total, que quise probar un plato nuevo (ya sabéis
que soy un aventurero de la vida) y lo elegí a dedo mirando fotos de la carta. Quiero esto, le dije a la camarera.
¿Y sabéis que me pusieron? Un bol enorme, humeante, y lleno
hasta los topes de sopa. Joder, 40 grados en la calle y yo comiendo sopa
gelatinosa con arroz y verduras. Madre mía, si es que tengo mala suerte hasta
para eso: yo creí que estaba pidiendo una especie de plato de arroz con pollo y
verduras.
Total: que si veis que estos días comento poco en vuestros
blogs y publico menos en el mío, ya sabéis que es porque tengo comprometido hasta
el tiempo para ir al baño. Cuando termine, más vale que me contrate el
Spielberg ese. ¿Alguno de vosotros ha tenido que pasar por algo así? ¿Os
resultó tan duro como al nene?


