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viernes, 26 de junio de 2015

Madrid, un conductor aleatorio demostrando educación y civismo.

No me gusta conducir, lo cual es en sí mismo una enorme putada dado que trabajo conduciendo autobuses. Creo firmemente que no me gusta conducir por la forma en la que se comportan los conductores en Madrid: energúmenos, impacientes, irracionales, malhumorados e irascibles

Convierten la conducción en una lucha a muerte en la que el más grande tiene las de ganar.
Lo bueno es que cuando estoy trabajando yo soy el más grande. Joder, el puto King Kong de la carretera. Más de 12 metros de largo, casi 4 de alto y una bocina de camionero. Y además, no es mío por lo que si me das un golpe y es culpa tuya no me importa nada en absoluto, 0. Así que me aseguro de que si me tienes que ceder el paso me lo cedas, y en general de que si no conduces como una personita educada tengas problemas si intentas avasallarme.

Lo malo es que mi coche es una cafetera con ruedas que en verano se convierte en una sauna con ruedas. Y además soy un pelagatos: no me importa admitir que no conduzco un Ferrari porque mi nivel adquisitivo no me lo permite. Total, que si me das un golpe y me quedo sin coche SI que me importa. Te dejo pasar aunque seas un asesino al volante, me mantengo alejado de ti si conduces como un demente y en general voy cantando las canciones de la Rock FM y paso de todo.

Por eso, cuando el otro día querías que te dejase pasar y no pude, no debiste enfadarte. No debiste arrimarte a mi coche y darme un golpe con la mano en el retrovisor. Y tampoco debiste sorprenderte cuando te embestí con mi coche, me bajé con mucha mala ostia y te arranqué el brazo y empecé a sacudirte con él: fue una consecuencia natural de tu mal humor y lamentable educación. 

Porque seguí mi camino en vez de obedecer a mis más bajos instintos. Porque me tragué mi mal humor, y porque además me importas una mierda. Por eso, en vez de chocar contigo, simplemente me acordé de todo tu árbol genealógico de manera escatológica mientras te ignoraba. Porque si llega a haber un semáforo, te habías cagado dentro de tu flamante coche. Imbécil. 

Más: anteriormente en Lafabulosagallinadegoma, Alucinaciones Paranoides (7)

sábado, 6 de junio de 2015

Roland el pistolero, de La Torre Oscura.

Si os hablo de una "algo" que provoca euforia transitoria y un engañoso sentimiento de invulnerabilidad , un aditivo a nuestro cuerpo que nos hace desear salir a la calle y sufrir un agravio sólo para poder vengarnos implacablemente, que de alguna manera logra que caminemos entre multitudes con el pecho hinchado como un palomo y con los brazos en jarras casi deseando ser víctimas de un empujón para demostrar al mundo lo que le pasará si nos provoca, ¿de qué creéis que os estoy hablando? 

Pues claro que sí: habéis acertado, estoy hablando de la música de Morricone. ¿Es que acaso alguien estaba pensando alguna sustancia ilegal? El autor más célebre de las bandas sonoras del oeste, el compositor por excelencia de los desafíos, los duelos, y las venganzas y seguramente uno de los culpables  el halo de tipo duro que acompaña a Clint Eastwood desde hace 50 años. 

Resulta que el otro día me puse a escuchar viejas canciones del oeste sin saber lo nocivo que podía resultar para el cuerpo humano: en media hora estaba mirándome al espejo muy de cerca, calzándome las botas para salir a la calle (Madrid, unos 300 grados a la sombra)  y recordando todas las pequeñas ofensas que había sufrido en los últimos 20 años mientras preparaba mis pistolas en sus cartuch.... oh wait. No tengo pistolas. Ni las quiero tener, visto lo visto.

Plano típico de los Spaghetti Westerns, muy cercano y novedoso en aquella época.

Por si queréis animaros durante un rato, si queréis recordar viejas glorias musicales, o si simplemente estáis a punto de luchar en combate sin igual en un duelo a muerte os dejo aquí las 3 canciones de Morricone que probablemente sean mis preferidas. Os recomiendo que deleitéis vuestra parte más melómana escuchándolas.

-El bueno, el malo y el feo. Canción principal de la película con el mismo nombre (en inglés).  

-Por un puñado de dólares. Canción principal de la película "La muerte tenía un precio". Correción gracias a Doctora, la especialista en cine que sigo.

-El rio. Canción principal de una película que no se llama "El rio". Se llama "La misión".

ADVERTENCIA: el autor de este post no se hace responsable de las víctimas (humanas o materiales) producidas después de escuchar las canciones incluidas en el post. 

Y sí, os he colado un vídeo de mi gato. ¿qué pasa? 

Más: anteriormente en Lafabulosagallinadegoma, Predicador

martes, 15 de abril de 2014



Me encanta cenar un par de huevos fritos con patatas. La sola imagen de una patata frita rompiendo la yema naranja y empapándose del néctar de los Dioses que de ella sale me produce una salivación extrema, algo así como un Bull Dog. Bueno, no tanto, pero ya me entendéis.

Total que ahí estaba yo, friéndome el segundo huevo y controlando las patatas cuando oigo un zumbido en el comedor. “Ya me están llamando”- pienso muy acertadamente. Pero me da igual. Estoy cocinando, y me da igual quien me llame. No puede ser tan urgente como para dejar la cena a medio hacer.

Preparado el mantel, el vaso de vino tinto reglamentario, los huevos fritos, las patatas doradas y crujientes y un chusco de pan que descansa sobre una servilleta de papel, me dispongo a cenar. Y en ese mismo instante, otra vez el zumbido. Sé que me están llamado, porque siempre tengo el teléfono en silencio, y el ruido que produce la vibración de una llamada es diferente al de un mensaje. Y lo cojo, por si acaso.

Y es mi jefe. A las 9 de la noche. ¿Y sabéis ese día libre que yo me había cogido al día siguiente? Bueno, pues se ha transformado en un emocionante viaje como chófer de autobús a Córdoba, con madrugón a las 5 de la mañana. Y todo lo que se me pasa por la cabeza es –“Ya me han amargado los huevos, estos hijoputas”.

Por eso, cuando a las 5 menos cuarto de la madrugada yo tenía que estar esperando a los pasajeros, en realidad estaba rompiendo con un bate de béisbol los espejos retrovisores de mi autobús. Como un puto vándalo enfurecido. -¿Jefe? Si mire, no puedo empezar el viaje. Resulta que me han roto los espejos. Si. Menuda tragedia


O al menos eso es lo que deseaba haber hecho con todas mis fuerzas mientras conducía el bus por la A-4, camino hacia el sur. Como me gustaría -pienso entonces- no tener nada que perder. Se iban a cagar. 

miércoles, 9 de marzo de 2011


Una de las cosas que más me gustan de salir de noche es ese momento triunfal en que ves aparecer el bus, ya cansado y de regreso a casa. Siempre me lo imagino calentito y con un hueco para sentarme, ni muy lleno ni muy vacío. Y siempre hago el viaje de vuelta medio adormiladito, intentando no caer dormido del todo para no pasarme de parada.

Y así me encontraba el sábado, mirando la noche madrileña por la ventana del autobús nocturno y anhelando la suavidad de las sábanas que me esperaban en casa, cuando se subieron unos adolescentes que desde lejos se los veía metidos en lo más profundo de la edad del pavo.

Por eso, cuando llevaban más de 5 minutos gritando, berreando y cantando, no tuve más remedio que agarrar por el cuello al que parecía el cabecilla de todos ellos, y golpearle una patada en la boca que le hizo tragarse varios de sus dientes. Los demás, espantados, se bajaron corriendo en la siguiente parada abandonando a su compañero de fatigas a la tortura que sin ninguna duda me disponía a aplicarle muy lentamente.

Aguanté estoicamente, fulminándoles con la mirada el resto del camino hasta que se bajaron. “Ojalá el conductor pegue un frenazo y uno de ellos se rompa el cuello en el accidente”, pensaba yo mientras tanto para desahogarme.

Mientras se bajaban del autobús, yo estaba reflexionando que hacía mucho tiempo que no veía una muestra tan evidente de mala educación, cuándo uno de ellos se atrevió a hablarme:

-Ya nos bajamos, perdona por haberte ido molestando todo el camino.

-Ohhh, qué considerado por tu parte -dije yo irónicamente.

-Sí, ¿verdad? -me contestó jugándose la vida mientras se cerraban las puertas.

Juro que si en aquel momento le llego a tener a mano, ese imbécil no vuelve a hablar en un par de meses.

martes, 22 de febrero de 2011

Cuando uno se sienta a cenar en una mesa en un bar, es inevitable escuchar parte de las conversaciones que mantienen los comensales de las mesas cercanas. Unas veces te tocan cerca clientes educados y silenciosos. En otras ocasiones gente que chilla maleducadamente y escandaliza muy a sus anchas, sin que nadie les diga nada. Esto último me molesta inimaginablemente, sobre todo si son conversaciones gilipollas.

Por eso, cuándo el sábado se nos puso cerca un grupo de gente gritona (debían ser todos hijos e hijas de verduleros) me fue inevitable escuchar su conversación, y os cuento como fue parte de ella:

-Tía, yo creo en los viajes astrales- comentaba una comensal.
-¡Oh! ¡Yo también! ¡Yo también! Ayer mismo me pasó - exclamó otra muy emocionada.
-¿En serio?- preguntó incrédula.
-Sí. Ya decía yo que antes había caminado por estas calles y que había comido en este mismo bar. ¡Y resulta que fue un viaje astral!- explicó muy escandalosamente.

A mí todo me sonó muy falso y sobretodo muy pretencioso, y tras esa demostración de estupidez no pude más que levantarme de un salto y golpearla en la cara con un servilletero grueso de metal, quedándome más a gusto que un arbusto. No pude por menos que escuchar la conversación que estaba teniendo lugar en la mesa de al lado.

domingo, 14 de febrero de 2010

Si hay algo que me fastidie aún más que cuándo ese trozo de carne que creía que tenía bien pinchado en el tenedor se desprende y cae con fuerza sobre la salsa, salpicando, y mancha la camiseta que me acababa de poner recién lavada, es esa gente que se te cruza en la carretera sin poner el intermitente y encima te pita.

Y por eso, cuándo hace dos días un vehículo rojo y de aspecto caro se me cruzó en una rotonda a punto de estrellarse conmigo y encima me pitó, no me quedó más remedio que acelerar con toda la fuerza que pude sacar de mi coche, y embestirle por detrás. El coche rojo se salió de la carretera y dio dos vueltas de campana mientras que yo me alejaba del lugar relajado y con el paragolpes abollado.


Y por eso, cuándo hace dos días un vehículo rojo y de aspecto caro se me cruzó en una rotonda a punto de estrellarse conmigo y encima me pitó, me sentí frustrado. No le grité por la ventanilla, ni le hice gestos obscenos, pues soy una persona educada, sin embargo deseé con todas mis fuerzas que se saliera de la carretera y no tuviera dinero para pagar las averías del coche.

viernes, 22 de enero de 2010

Si hay algo innegable en mi oficio es lo siguiente: no me pagan por matarme a trabajar, no. Me pagan por los insufribles madrugones diarios y por que mis jefes tienen el permiso oficial del estado para fastidiarme. Y claro, la gente que hace jornada laboral de nueve de la mañana a seis de la tarde con un parón para comer de dos horas, mas un rato a media mañana para desayunar, no comprende que yo esté cansado a las cuatro de la tarde. No lo pueden permitir; de hecho es una falta de respeto que yo me queje de agotamiento a las cuatro, mientras ellos aún tienen que trabajar hasta las seis. Ahora, si les intentas explicar que a las cuatro de la tarde tu ya llevas diez horas despierto y dejándote mangonear por cualquier pelele jerárquicamente superior a ti, mientras que ellos solo llevan cuatro horas trabajadas y el resto de descanso, no quieren ni escucharlo.

Por eso, hoy, un día normal a las cuatro de la tarde más o menos, salía del metro cabizbajo y ojeroso. Había tres tipos de aspecto sucio y sospechoso en la calle, y cuando vi que me los iba a cruzar, sabía de antemano lo que por fuerza tenía que suceder.

“Me miraron con ojos ladinos e intercambiaron unos susurros. Y después el más alto de ellos, gordo y de aspecto simiesco, se me acercó y me quitó las gafas.

-Dame la cartera, o me cargo tus lupas.- dijo él, muy chabacano.

Antes de poder darme cuenta de lo que hacía, ya había saltado sobre él con el odio mas sincero, gritando como un loco, y con los ojos bien abiertos y serenos. Caímos al suelo y rodamos ante la mirada expectante de sus dos amigos, que no se esperaban que fuese yo quien quedase encima. Mi mano izquierda sujetaba su cara contra el suelo mientras que mi puño derecho bajaba como un martillo. El crujido espantoso de su mandíbula al romperse hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Le había roto la mayoría de sus dientes, y aún intentaba no tragárselos cuando comencé a meterle los dedos por la garganta. Me molía las costillas a golpes mientras que yo seguía empujando hacia adentro. Cuando paró, asfixiado y sanguinolento, levanté la cabeza para mirar a sus dos amigos. Se habían esfumado, presas del pánico.”

Pasé ante ellos, tranquilo y despacito, mientras que se entretenían con sus bromas. No me hicieron mas caso que el que le hubieran hecho a un insecto, y yo proseguí mi camino hacia mi casa, preguntándome que habría de comer.

jueves, 22 de octubre de 2009

Normalmente soy una persona muy sociable. Caigo bien a prácticamente todo el mundo, y creo que eso se debe a que se adaptarme a ellos y a que procuro hacer que la gente se sienta cómoda. En su momento, alguien consideró que eso solo podía significar que yo soy un falso. Esa debe ser una de las personas a las que no caigo bien, pues no he vuelto a dirigirle la palabra.

Y ayer me sentía social. Me encontraba charlando en un corrillo con mis compañeros de trabajo y hablábamos sobre un problema concreto que tengo con un jefe. Y ese pelele de jefe que se siente tan superior a nosotros como para no dirigirnos la palabra salvo para regañarnos, y que nunca jamás baja de su despacho, como no podía ser de otra forma, apareció ante nosotros.

Se acercó y pasó a nuestro lado, y mientras todos se volvían para saludarle, ante la atónita mirada de mis compañeros yo me volví lo mas enérgicamente que pude, y con el odio mas sincero, le clavé una navaja en el cuello, lo más profundo que fui capaz. En su cara solo podía verse dibujados unos ojos abiertos de par en par que reflejaban sorpresa e incredulidad. No pensé jamás que te atreverías a llegar tan lejos, me decían.

Alzó la vista cuando se encontraba cerca de nosotros, y entonces mis ojos y los suyos se encontraron durante una fracción de segundo. Entonces, premeditadamente, cambió de rumbo para no tener que cruzarse conmigo. Lo supe en cuanto vi sus ojos. Y entonces un compañero que se había dado cuenta del asunto, soltó una carcajada, y continuamos hablando tranquilamente y bromeando sobre nuestro jefe y su falta de agallas.

sábado, 23 de mayo de 2009

Eran las 12:30 de esta mañana y yo sin saber que hacer. No debe haber nada mas horrible que sentir que estas perdiendo el tiempo un sabado, y por eso, y sin que sirva de precedente, decidí salir a dar un paseo, sin rumbo fijo. Y he aqui que mis pasos me llevaron hacia el metro de "Empalme". Había estado lloviendo la noche anterior, y como consecuencia las calles estaban llenas de charcos. Por eso mismo una persona normal tendría que caminar con cuidado para no mojarse, sin embargo, a mi no me importaba. Ahí me teneis, 22 años y pisando charcos como un niño cualquiera para divertirse. Pero no los pisaba por puro afán de diversion: no. Apesar de que cualquiera que lea esto me tiznará de loco, lo confieso: A veces ando mirando los adoquines y procurando no pisar ninguna linea. Y si no pisar ninguna linea significa meter el pié de lleno en un charco, no es mi culpa. las reglas son las reglas.

Caminaba, como decía, por las cercanías de "Empalme" cuando un niñato de unos 17 años que montaba un patinete me obligó a esquivarlo y a pisar las lineas de los adoquines. El niñato no sabía lo que acababa de hacer. Con el ceño fruncido y una actitud completamente despreocupada saqué mi pistola (no una de esas enormes de las películas americanas, sino una pequeña pistola con silenciador, al estilo de los sicarios como "León") y le disparé 4 tiros casi insonoros en la espalda. El niñato en cuestión cayó muerto inmediatamente, y yo me limité a observar como la sangre roja, muy roja, manaba de sus 4 pequeños agujeros. Le lancé la peor mirada de odio que pude, y proseguí con mi camino, esta vez ignorando las lineas de los adoquines. Tan solo deseaba que el niñato tropezara con un bordillo y perdiera todos sus dientes.