viernes, 5 de febrero de 2016

Los conejos de la suerte



Ninguno de los que estáis leyendo esto sois tan felices como este conejo

Últimamente estoy teniendo mucho tiempo libre para dedicarme a mí mismo y hacer todo lo que más disfruto: homenajes gastronómicos, degustaciones de cerveza artesana, tardes de videojuegos y siestas de pijama y padrenuestro. O al menos, así calculo que debería haber sido. 

En realidad me he apuntado a una academia, así que más bien mi tiempo libre está ocupado por piezas de frutas entre clases, cafetazos para evitar precisamente echarme esas siestacas en la cara del profesor, y de videojuegos mejor no hablamos. Me habría gustado más el plan del párrafo anterior, no os lo voy a negar.  

Cuando uno ocupa casi el 100% de su tiempo libre es necesario llevar una agenda para organizarse un poco, supongo que ya sabréis de qué hablo. Más si tiene una estupenda agenda cuasi nueva y además se es un desastre como es claramente mi caso. Joder, la palabra caos cabe dentro de mí mochila y aún sobra hueco para meter un poco de vorágine.

En este momento lleva apuntes, 2 pares de guantes (¡¡dos!!), un cargador del móvil, un yogur, dos mandarinas (me molan las parejas), un cuaderno de Mortadelo, unos calzoncillos (del Correcaminos, ojo) y más o menos una treintena de bolis sin ningún estuche (también me molan las treintenas). 

El caso es que para ahorrarme tiempo he decido dejar de hacer muchas cosas, la más llamativa de todas ellas dejar de intentar decidir si un día está siendo bueno o malo. Sí, he dejado de planteármelo, ¿qué pasa? A partir de ahora alguien se encargará de esa ardua tarea por mí. No, mi secretario no.

El caso es que la academia tiene un pequeño campito al lado, y el primer día descubrí felizmente que vive una familia de conejos que se dedica a rumiar y roer a sus anchas. Y fue un buen día. El día siguiente no vi ningún conejo sesteando al sol en el campito y fue un día de mierda. ¿Casualidad? Yo no lo creo. 

Por eso, desde entonces la genialidad de mis días se mide en conejos: 0 conejos es un mal día (obviamente), un conejo es un buen día y dos o más conejos es que va a ser un gran día. Y también hay variables, como por ejemplo el combo conejo + pájaro carpintero, que implica que ese día va a ser razonablemente bueno pero que también va a pasarme algo disgustante, como por ejemplo que se me siente un pesado al lado en clase. 

Cabrón con suerte
Hoy espero que sea un día de 3 conejos, zorro acechando, pájaro carpintero y ciervo echándose la siesta, que viene a ser como el combo de los combos e implica que voy a tener un día perfecto de verdad.  

Más: anteriormente en La Fabulosa Gallina De Goma, La Agenda

domingo, 31 de enero de 2016

Educando al personal


Chistaco para empezar el post con salero

Hace 65 millones de años, cuando los dinosaurios dominaban la tierra y los jefes tenían la capacidad de felicitar a sus empleados por un trabajo bien hecho, me atribuyeron la tarea de enseñar a los nuevos el ritmo de trabajo en la empresa. Parece ser que pronto advirtieron mi excelsa capacidad docente.

Por lo visto, según me explicaron entonces, tengo mucha paciencia y se me da bien explicar las cosas. ¡JA! Novatos, si ellos supieran... porque lo que yo tengo, más que una habilidad es un súper poder para educar a la gente. Joder, premio Nobel a la educación y enseñanza ya mismo, o algo así.

Incluso una persona dotada con la inmensa capacidad léxico-semántica de conocer todas las palabras incluidas en el diccionario de la RAE se quedaría corta a la hora de describir lo prodigioso de mis dotes docentes. Tal es su magnitud que incluso me dedico a trasmitir mis conocimientos gratis a las personas cuya difícil situación no les permite alcanzar una educación adecuada. 

Os voy a poner un caso práctico de lo que digo: resulta que yo llevo un porrón de años cogiendo el mismo metro a la misma hora para ir al curro y es normal que después de un tiempo vayas reconociendo algunas caras. Pues bien, muy a mi pesar una cara nueva apareció en mis viajes matutinos.

Era una caradura, concretamente. El rostro ansioso de una mujer que irrumpió en mi rutina cuyo único objetivo en la vida era aparentemente coger sitio para ir sentada todos los días. Tal era su dedicación que al final el resto de los pasajeros tuvimos que fijarnos en ella debido a sus malas maneras y a sus empujones.

Porque veréis, la susodicha señora no me dejaba salir en mi parada y me empujaba para entrar la primera en cuanto se abrían las puertas del vagón en detrimento del resto de los viajeros que intentaban acceder al tren (o salir) y sentar su inquieto culo en uno de los escasos huecos libres que quedaban con gran regodeo y satisfacción. 

Estaba claro que a la señora no la habían enseñado nunca que la correcta y educada pauta de convivencia civilizada en el subterráneo es 'dejar salir antes de entrar'. Y claro, empezó a joderme el empujoncito diario de la señora que había fichado que yo siempre viajo en el mismo sitio, en el mismo vagón y me bajo en la misma parada en la que ella se sube. Tuve que actuar.

Un día cualquiera decidí que la señora no se sentaría aquel día. Así que cuando se abrieron las puertas me abalancé contra ella y la empujé descaradamente para apartarla de la puerta, y pude ver a través de los ventanales su frustración cuando no consiguió un asiento. Y me sentí bien, por lo que decidí hacer de la educación mi medio de vida.  
 
La caradura intentando pillar la indirecta

Cada mañana yo buscaba con atención la puerta por la que la señora intentaba acceder al vagón, y cada mañana, cuando ella trataba de entrar por la fuerza, yo la empujaba un tanto rudamente hacia fuera alejándola de su codiciado asiento hasta el punto de que los ojos de la señora y los míos se cruzaban cada día nada más llegar a la estación.

Y de pronto un día me vi recompensado con la gloriosa satisfacción de un trabajo bien hecho y el deber cumplido: porque un día, queridos amigos, la señora decidió no intentar entrar hasta que yo no hubiera salido, evitando todo contacto conmigo. Desde entonces permite que los pasajeros salgamos antes de entrar como un torbellino y reclamar el trono que le pertenece por derecho propio. 

Y yo tan contento de haber contribuido a un mundo mejor, claro.

¿Y vosotros? ¿Tenéis que lidiar con la mala educación de algún viajero en el transporte público por las mañanas? ¿Sufrís el demencial tráfico de las grandes urbes? 

Más: anteriormente en La Fabulosa Gallina De Goma, El peor servicio de metro

domingo, 24 de enero de 2016

Abrázame

video



'No es que se me haya ido la olla, yo os dejo aquí este vídeo porque me sale de la...'- antiguo proverbio bloguero de 5000 años de antigüedad. 

Reproduciendo, que es gerundio. Porque la maravilla que os traigo esta vez no es una chorrada friki de internet, ni el próximo viral de tuiter, ni la última hecatombe de vuestros muros del caralibro, no.

Lo que aquí tenéis no es ni más ni menos que mi primer trabajo profesional en el mundillo del cine. Un cortometraje de apenas un par de minutos de duración con en el que vamos a tratar tocaros la fibra sensible.

¿Qué de qué género es el corto? Pues el corto es un Dramaqueen, porque le gusta hacer una montaña de cualquier detalle insignificante  siempre que alguien le está observando para ser el centro de atención. No confundir con drag queen, ojo, que suena parecido pero no es lo mismo. 

¿Qué cuál ha sido mi aportación en este trabajo? Pues el montaje del vídeo y sonido, poner cada frase en el instante correcto (el audio, no los subtítulos) y la mayoría de la lluvia y su efecto de sonido, que está hecha por ordenador. Porque aquel día no caía ni una gota, todo hay que decirlo.

Por si alguien no pudiera verlo (guiño, guiño, comillas, pisotón a Erika), se puede ver AQUÍ.

¿Os ha gustado el vídeo? Espero que os tiréis el rollo y me digáis lo que os ha parecido. No hace falta decir que las opiniones negativas serán inmediatamente analizadas para tratar de adivinar la enfermedad mental del autor y posteriormente almacenadas en la papelera.


Más: anteriormente en La fabulosa gallina de goma, Mi grandía

domingo, 17 de enero de 2016

Wonder Woman al poder



Wonder Woman, tómate un descanso. Ya está bien de intentar comportarte como Batman o Superman, todos sabemos que nunca estarás a su altura. Porque bueno, ellos tienen algo que tú nunca... que tú no...

¿Un código ético acerca de no matar o algo así?

...bueno, tú ya me entiendes. Una Diosa está por encima de esas cosas, ¿verdad?

¡Menos mal que las mujeres te tienen a ti para impartir justicia divina! Como aquella vez en la que liberaste a unas esclavas que estaban encerradas para el uso y disfrute de cierta chusma. Superman no se tomó muy a bien que las entregaras las armas de sus captores y las dejases tomarse la justicia por su mano, ¿verdad?


Por suerte, además de ser tan fuerte como 'El hombre de acero', tu eres tan inmune a sus regañinas como a las balas. ¡Y menuda suerte! Porque mira que los hombres podemos llegar a ser simples y predecibles a veces, ¿no te parece?

¿Por qué detienes las balas si eres prácticamente invulnerable?

En definitiva, que cuando salga la dichosa peli de Batman VS Superman, yo lo tengo claro. Ni simpatizo del todo con Bruce Wayne -pobrecito que perdió a sus padres, pásame otro billete de 100 para que me limpie las lágrimas- ni Superman es del todo de mi agrado: no se puede confiar en alguien que se cree tan bueno y tan justo. Yo me haré miembro del equipo 'Wonder Woman'... Mujer Maravilla, ¡cuentas con todo mi apoyo! ¡A patear traseros!

¿Y vosotros? ¿Vais con Batman o con Superman?

Más: anteriormente en La fabulosa gallina de goma, La verdadera historia de Conan el Bárbaro



miércoles, 13 de enero de 2016

El manjar de los Dioses




Hay una verdad por encima de todas las cosas. Una verdad que se remonta en el tiempo tanto como el 'Arca Perdida' esa de la peli. Se trata de un hecho sobrecogedor e inexplicable pero de cuya certeza nadie puede dudar. Y es que tenéis que saber yo amo las patatas fritas.

Y cuando digo que amo las patatas fritas, lo digo literalmente: les he declarado mi amor incondicional, he pedido cita en un ayuntamiento, las invitaciones ya están enviadas y la boda pronto tendrá lugar. Y por supuesto tendremos una idílica luna de miel, ojo. 

Hipérboles aparte, me encantan las patatas fritas: para mí son la base de la pirámide alimenticia, el máximo exponente de la cocina refinada, quizá el invento más importante entre la rueda e internet. O sea, cuando digo que me encantan las patatas fritas tenéis que entender que no exagero. No demasiado, al menos.


Las albóndigas, el pollo asado o incluso una hamburguesa son para mí meros pretextos para comer patatas fritas y acompañarlas de algunos burdos productos cárnicos. Yo inventé la famosa y célebre expresión 'más largo que un día sin patatas fritas', que algún tarado cambió por pan. Vamos, que ya puede haber en la mesa langosta, caviar, angulas y carpacho de arcángel celestial, que como no haya patatas fritas no considero que sea un manjar ni un banquete. 

Y por patatas fritas, joder, me refiero a cualquier tipo de patata frita. Así de enfermo estoy. ¿Congeladas y de bolsa en un bar de mala muerte? No dejo ni una. ¿En una bolsa de snacks? No son mis preferidas pero venid aquí, pequeñas. Y por supuesto mis preferidas, las que me hago yo: caseras, fritas en aceite de oliva puro virgen extra a punto de ser beatificado y con muy poca sal. 

Sobra decir que la cantidad de patatas que me gusta comer podría ser descrita como generosa, abundante, e inlcuso en montañas. Nada de unas poquitas, ni de una racioncita, ni mucho menos la terrible y odiada palabra 'guarnición'. Porque las patatas fritas son el principal, joder, la guarnición está compuesta en todo caso por el entrecot de kilo y medio y esos dos pimientos que siempre hay.


Por eso, cuando todas las navidades mi madre prepara el asado con patatas panaderas, una parte de mí muere ese día. Un dolor indescriptible desgarra mi alma y me deja sin aliento, un escalofrío me recorre la cerviz. Me da mil patadas en los innombrables.

Porque mamá, uno ya tiene una edad, ¿sabes? Y no lo digo por alcanzar la madurez necesaria para comerme lo que haya en la mesa, no. Ni lo digo tampoco por esclavizarte: bien sabes que iría yo y me haría las puñeteras patatas fritas si tu o la abuela me dejaseis. No. Lo digo porque son casi 30 años de:

-Toma hijo:  como a ti te gustan mucho las patatas, te pongo muchas. 
-Me gustan las patatas fritas, mami.
-¡Anda! ¡Pues yo pensaba que eran las patatas al horno! ¡Si las he hecho a propósito por eso!
-Fritas. ¡FRI-TAS!

Y así 30 años. Cosas de madres, supongo. 

¿Vosotros también tenéis algún fetiche con la comida? Por las patatas fritas casi podrían ser un fetiche erótico para mí, ojo. ¿Cuál es ese detalle que no puede faltar nunca en vuestra comida perfecta?

Más: anteriormente en La fabulosa gallina de gomaCosas de zorros